El día que tuve alas

Por primera vez en mi vida adulta me iba a subir a un avión. Por mi experiencia previa (tenia 4 años) donde estuve sumamente preocupada que mis cosas cayeran del avión y se mojaran, tendría que haber imaginado cual sería mi reacción: estaba histérica. Mis viejos me acompañaron al aeropuerto y creo que estaban mas nerviosos que yo…

El check-in fue sin inconvenientes. Aunque ver mi bolso alejarse en cámara lenta por esa cinta que desaparece detrás de los mostradores, no me gustó. Sólo podía confiar en que el encargado de ponerlas en el avión leyera correctamente el número de vuelo.

Tenía que ir a abordar y me despedí de mis viejos. Yo seguía histérica. Ellos lo disimulaban bastante bien. Mientras pasaba a la zona de abordaje recordaba el día que -meses atrás- había sacado el pasaje y todo lo que eso significaba.

Anunciaron mi vuelo. Entregué el boarding-pass y empecé a caminar por la manga que me llevaría directo al avión. Mientras lo hacía no podía evitar sonreír embobada. La histeria se transformó en alegria: mi primer viaje sola (ok, no del todo: Gingi estaba en la mochila)

Lamenté que me tocara el pasillo, pero a pesar del hombre de proporciones extraordinarias que se sentó en el medio, si estiraba un poco la cabeza llegaba a ver algo de la ventanilla.

Cuando el avión se disponía a salir, se largó a llover con furia. La alegría se transformó en histeria otra vez.

El capitán habló por el altavoz, nos dio la bienvenida, después hizo lo mismo la azafata con algunas instrucciones. Primero en castellano y después en ingles. Nos pasaron un videito instructivo con todas las partes del avión… y cuando la azafata empezó la coreografía explicativa no pude dejar de sonreírme… ellas coreografiaban con cara de nada y yo las miraba como si fuera una danza extraordinaria.

El avión, mientras tanto, se empezó a mover para ubicarse en la pista. Me empecé a impacientar, el carreteo fue eterno, creí que iba a llegar a Mendoza por tierra.

De golpe giró y vi por la ventanilla las luces que dibujaban la pista. Todo me parecía hermosos. El capitán anuncia que está listo para despegar. De pronto, se prenden las turbinas, con un estruendo poderosisimo. La velocidad que tomó el avión me impedía despegar la espalda del asiento.

Adrenalina al tope. Cerré los ojos. Masticar chicle no estaba resultando útil. Me sentía adentro de un ascensor automático subiendo a toda velocidad al piso mil, en un instante los oídos se me taparon completamente y sentí que flotaba: el avión había dejado de tocar el suelo.

Estaba volando.

Trague saliva, por que era lo único que mas o menos relajaba el taponamiento de oídos, ver Buenos Aires luminosa en medio de la oscuridad era increíble. La histeria se transformó en embelesamiento. También veía como la tormenta eléctrica hacía de las suyas. Volvemos a la histeria. Traté de no pensar en el terror que me producía ver caer rayos – en mi mente – tan cerca de las alas. Ya no podía hacer mucho, tenia que confiar en la destreza del Piloto. Cuando mi cuerpo se empezó a acostumbrar al taponamiento de oídos crónico y al constante ruido de turbinas, conseguí relajarme y al volver a ver Buenos Aires desde esa perspectiva me invadió una sensación de libertad que nunca antes había experimentado, todo quedó allá lejos, chiquito… abajo.

Estaba agotada, contrario a lo que creí, me quedé dormida. Cuando me desperté, el capitán anunciaba que estábamos llegando. De repente el avión se inclinó sobre un ala y en ese momento vi la Cordillera de los Andes. Automáticamente se me empaparon los ojos, no pude contenerme, me tomó completamente por sorpresa. En medio de mi emoción el aterrizaje en el Aeropuerto de Plumerillo fue alucinante.

Bajamos del avión directo a la pista, de un lado estaba saliendo el sol, del otro la Pre-cordillera me daba la bienvenida.



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