Hasta pronto …

Gingi, mi compañero amuleto de viajes, en el cerro de la Gloria

Mendoza me enamoró desde el primer momento. No estoy muy segura que fue, aunque tampoco es muy difícil imaginarse el motivo. Simplemente recorrer el centro comercial teniendo cuidado en no caer en las acequias, visitar la plaza Independencia y la feria de artesanos el fin de semana. Poder imaginarme trabajando en el centro cívico, de la misma manera que me vi -pasando tardes enteras- tomando mate en el parque San Martín contemplando la pre-cordillera. Y , por que no, el fin de semana salir a tomar algo por la av. Aristides Villanueva que está repleta de bares y restaurantes.

Parque Independencia
Parque Independencia

Sentí que podría mudarme al día siguiente y que sería instantánea mi adaptación a la ciudad. Esa sensación de familiaridad hizo que pudiera salirme – por dos segundos – del papel de visitante.

Me sentía dividida en dos: la jugaba de “local” que sabe que medio de transporte la deja mejor en tal o cual lugar, que conoce las calles, que tiene al kioskero amigo; y por otro lado “la turista” que hizo las excursiones y visitas de rigor, que se fue al Cerro de la Gloria con el billete de cinco pesos para comprobar que no le estaban mintiendo, que fue a bodegas y se dejó guiar, que hizo trekking y cabalgatas en Cacheuta.

Mientras me despedía de Mendoza, y me dirigía en micro a San Rafael, me quedé pensando que en ese momento conocía mas Mendoza capital y alrededores que mi propia Buenos Aires. ¿A cuantos les pasa lo mismo? Creo que es algo en lo que caemos – casi todos – con mucha frecuencia. Viajamos y recorremos ciudades, cuando no nos tomamos el tiempo de hacer lo mismo con nuestra propia ciudad. En aquel micro, me prometí enmendar -con el tiempo- semejante error.

Parque San Martin
Parque San Martin

A partir de aquel viaje, decreté que Mendoza sería una ciudad a la que volvería de tanto en tanto, por que simplemente me enamoré de ella.

Leave a Reply