La ciudad pueblo: San Rafael

Bodega La abeja

Se hizo costumbre en este viaje: todo comienza temprano a la mañana…

Temprano a la mañana, llegue a San Rafael. El viaje se hizo largo pero el paisaje valió el tiempo, la cordillera completamente nevada nunca nos abandonó ademas de autoexplicar por que en esa parte la llaman cordón del plata. El micro hizo varias paradas y en cada una de ellas me impacientaba tratando de averiguar si ya había llegado a San Rafael, ¡peor! Si me había pasado. Cuando viajo en micro y no conozco el recorrido o la terminal (casi siempre) a la que me dirijo tengo miedo de bajarme antes o de pasarme, uno de mis tantos miedos ridículos a la hora de viajar. Pero desde luego, todo salió bien y llegue a San Rafael sin ningún tipo de inconveniente.

De la misma manera que hice en Mendoza, me acomodé en el hotel y me fui a buscar mis folletos y mapas.

Con el mapa me compliqué, estaba convencida de que estaba al revés. Hasta que finalmente tuve que ponerlo de cabeza para poder guiarme. De hecho me perdí varias veces. En San Rafael el gran punto de referencia, en el centro, es el Kilómetro Cero. Punto en el que nacen las 4 avenidas mas importantes: Av. San Martín, Av. Mitre, Av. El Libertador y Av. Hipólito Yrigoyen. Entre el mapa que estaba de cabeza y que dependiendo de que lado del kilómetro cero me encontraba el nombre de la avenida principal cambiaba, yo no entendía nada. Es mas, tuve la genial idea de perderme a la hora de la siesta. No había un alma, no le podía preguntar nada a nadie, no había un sólo local abierto. San Rafael estaba dormida.

Después de mucho caminar conseguí ubicarme. Ese día decidí hacer un city tour, que salia después de la hora de la siesta, obviamente. Como me propuse ser la mejor turista del mundo ni lo dudé: ¡que me lleven!, tenia mucho sueño y no me quería quedar durmiendo en el hotel.

No se si era mi cansancio o el city tour sumamente aburrido, pero tal vez tendría que haberme quedado durmiendo. Sin embargo hubo dos lugares que de no haber hecho la excursión a lo mejor se me pasaban por alto (seguro se me pasaban):

  1. Visité la Bodega La abeja, que es la mas antigua y está dentro de la ciudad, me compre una jalea de vino exquisita.
  2. Fuimos a la casa de Graciela y Daniel, en Las Paredes, a unos minutos del centro de San Rafael (bueno, todo queda a unos minutos del centro). La casa se llaman La Casa de Campo L’obrador. Comedor de campo y casa de familia. No solo elaboran dulces caseros, también reciben invitados locales y turistas. Ciertos día de la semana, ellos abren la puerta de su hogar y preparan comidas típicas en el horno de campo y en el disco de arado. Ni lo dudé, tuve suerte y esa misma noche tenían planeada una cena. Obviamente le pedí a Graciela que me anotara.

Graciela se ofreció a pasarme a buscar con su auto por el hotel y así fue. Ella súper animada, me contaba de San Rafael de los lugares que tenia que visitar y de lo mucho que le gustaba cocinar a su marido. En la casa nos esperaban turistas, amigos y familia de Graciela y Daniel. Los comensales eran de todos lados y de casi todas las edades. Se entablaron las conversaciones mas divertidas como si fuéramos un grupo de amigos de toda la vida que se encontraban después de mucho tiempo. Me sorprendió que a muchos les extrañaba que estuviera viajando sola. De hecho una mujer me preguntó si no me aburría. Me sonreí, aquella pregunta me hizo clic en la cabeza, y me di cuenta de que había pasado una semana sola y que había sentido de todo menos aburrimiento. Acostumbrada a vivir con mi familia, a estar siempre rodeada de mis amigos, temí sentir algún tipo de angustia por la falta de compañía. Realmente entendí que no cualquiera puede estar solo, pero a mi no me resultó un problema y este descubrimiento quedaría dando vueltas en mi cabeza por un buen tiempo, así de evidente como parece. Ademas, a pesar de haber viajado sola, la realidad es que uno se relaciona con muchísima gente, que simplemente, se cruza en el camino.

El menú fue increíble. Pocas veces uno come tanto, todos estábamos necesitando desabrocharnos el botón del pantalón, por que no queríamos dejar de probar nada. De entrada: jamón crudo, cordero ahumado, jabalí ahumado, una pasta de morrones, una de aceitunas, aceitunas rellenas de queso. Pan casero, todo al horno de barro.
Segunda entrada: empanadas mendocinas, las que se comen de “culito parado”. Graciela se paró en la cabecera y mientras mordía una empanada,  llevó todo el cuerpo hacia atrás -especialmente el culito- para evitar que el jugo de la empanada la manche… muy gráfica y divertida la explicación.
Primer plato: Carne a la masa. Nunca había probado algo tan rico.
Segundo plato: Pollo al disco
En ningún momento faltó el Malbec de la finca de un amigo de Daniel.

Fue una cena completamente atípica. Daniel y Graciela nos abrieron las puertas de su casa para invitarnos a compartir de una comida exquisita en un entorno familiar y casero. 

Así comenzó la segunda parte del viaje.

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