Día 2 – Maggy nos indica como llegar a Tilcara

Temprano a la mañana, desayunamos, saludamos y emprendimos el viaje a Tilcara en la provincia de Jujuy. Siempre asistidos por nuestra querida amiga Maggy. Para llegar a Tilcara teníamos que pasar primero por San Salvador de Jujuy y teníamos dos opciones: Autopista o camino de cornisa selvático (ruta 9) bordeando el rió. ¿Adivinan cual elegimos?

Camino sinuoso en pendiente rodeados de todo este verde mientras escuchábamos hitazos de los 70'
Camino sinuoso en pendiente rodeados de todo este verde
mientras escuchábamos hitazos de los 70′

De la temperatura, no nos podíamos quejar. Recuerdo que cada vez que contaba que me iba en enero al Norte, me miraban con cara de tragedia y se lamentaban por el calor que sufriría y además de advertirme por posibles apunamientos/insolaciones. Pero yo no voy a ser tan dramática sobre esta advertencia: hace calor -obviamente-, 40° a la sombra no es poca cosa y bajo el sol era como asarse a la plancha. Pero como en ningún momento se siente como si uno estuviera respirando agua o buceando en un caldo denso de aire, el calor pasa por otro lado. Al menos esa fue mi experiencia: no transpiraba ni sentía el aire pegoteado, lo que sí me pasaba era que tenia necesidad de tomar agua constantemente. Con el pasar de las horas y los días el asiento trasero se fue convirtiendo en un cementerio de botellas de agua. A la hora de salir era fundamental no olvidarse: gorro, protector y agua en la mochila.

Mientras hacíamos el camino de cornisa escuchamos música de todo tipo: de Mozart al Club del Clan… Tratamos de sintonizar alguna radio local y caímos en una donde tenían enganchados de los 60′ y 70′ argentinos, nos cantamos todo(lo que conocíamos).

Nuestro camino nos llevaba, si o si, a pasar por San Salvador de Jujuy, donde llegamos para la hora de almorzar. Y así como llegamos, comimos y nos fuimos. Como si estuviéramos en una película post-apocaliptica, a medida que avanzábamos en busca de la parrilla (queríamos parrilla), notamos que no había autos circulando, no había personas caminando, ni siquiera perros o curiosos mirando por sus ventanas. Nadie, solamente nosotros tres. Era domingo al mediodía y hacía calor, supusimos que esa era la combinación que convertía a la ciudad en un pueblo fantasma.

Una vez que nos fuimos de la ciudad donde solamente estaban despiertos el parrillero y el mozo, después de un rato de ruta, el paisaje se transformó completamente. Comenzamos a recorrer la famosa Quebrada de Humahuaca, que es donde se encuentran los pueblos que íbamos a visitar: Purmamarca, Tilcara y Humahuaca. No se que era lo que tenia cada uno en su imaginación, que pensaba que se iba a encontrar en la quebrada, pero puedo asegurar que los tres estábamos fascinados. Sin duda nuestras expectativas habían sido superadas y no me sorprendió, enterarme después, que la quebrada era Patrimonio Mundial de la Humanidad.

SaltaJujuy2009_26_ma
Después de mucho andar (177 km que no es nada, pero con todas las paradas que hicimos los recorrimos en 5 hs!!) llegamos a Tilcara. Encontramos Hostel sin inconvenientes: hostel Malka. La atención fue de primera y las instalaciones y distribución de las habitaciones (que en realidad eran cabañas que se compartían) era genial. La contra es que estaba elevado, de hecho estaba incrustado en la montaña. Lo que hacía agotadora la subida cuando volvíamos después de todo el día de haber andado. Para entrar al estacionamiento había que hacerlo por otro camino sinuoso de tierra que no se puede hacer si llueve (te lo aclaran en el hostel en cuanto consultas por el estacionamiento: “si llueve saca el auto y dejalo en el pueblo”). No nos íbamos a andar quejando, con esa ubicación teníamos una vista magnifica de las montañas y de todo Tilcara.

Recorrimos el pueblo encantados con lo que veíamos, sacamos fotos. Paseamos por la feria, averiguamos que era todo lo que podíamos llegar a visitar haciendo base en Tilcara.

La feria en la plaza de Tilcara
La feria en la plaza de Tilcara

Ese mismo día, mientras hacíamos reconocimiento del lugar, en una de las callecitas, llamada Sorpresa, un chico le pide a Guille que le saque una foto, era muy llamativa la alegría y emoción que tenia porque le sacaran la foto. Nunca entendimos muy bien si se trataba de alguien viviendo ahí o si era un visitante como nosotros pero sin cámara. 

-“Te doy mi mail así me la mandas…” – le dijo el chico a Guille…

-“vichi 2008 …@ … “-

La cuestión es que “Vichi” así como apareció, desapareció. Días después nos volveríamos a cruzar con “Vichi” y tendríamos un gran dejavú, por que la situación se repetiría casi de manera exacta… nunca supimos mas nada de “vichi” a pesar de enviarle las fotos…

Una nube gris de tormenta nos amenazaba, decidimos volver al auto. Cuando estábamos acercándonos, descubrimos que la ventanilla del copiloto estaba semi abierta… nos quedamos petrificados. Revisamos el auto y estaba todo. Con sorpresa intercambiamos miradas de asombro, claramente habíamos sido nosotros que dejamos la ventana abierta.

Nos acomodamos en el Hostel. Esa noche compartimos la cabaña con dos chicas estadounidenses de pocas palabras (y que luego descubriríamos que se bañaban mucho… parecía que la tierra no les agradaba)… improvisamos unos sadwichitos y a la cama.

Esa noche conocí el silencio y es el día de hoy que no volví a experimentar semejante calma. La falta de sonidos perceptibles era tan aguda que creí quedarme sorda y no les voy a mentir: no entendía lo que estaba ocurriendo y me asusté. A pesar del cansancio no podía dormir, pero claro, ¿cómo me iba a dormir si mis pensamientos me estaban aturdiendo? por unos instantes temí que pudieran, incluso, perturbar el sueño de los demás. Tenia que serenarme de alguna manera, me frustraba mi incapacidad de asimilar la placidez de la Quebrada y que mi vida acelerada y ruidosa pudiera ser un obstáculo para poder disfrutar a pleno la tranquilidad y la paz de las noches en Tilcara.

De a poco empecé a ordenar mis pensamientos y en el proceso entendí lo desconectada que estaba conmigo misma. Empecé a creer que esa noche tenia como único fin permitirme desacelerar y empezar a conectarme con los lugares que estaba visitando.

De a poco conseguí bajar las revoluciones. El tamborileo de mi corazón ya no me parecía tan estridente. El silencio dejó de perturbarme y mis pensamientos dejaron de agolparse en mi frente. Los parpados se hacían cada vez mas pesados y estaba -al fin- empezando a dormirme. Pero como nada es eterno, en cuanto los chicos comenzaron con su concierto de ronquidos el silencio místico del norte argentino se fue diluyendo en mis intentos desesperados por hacer que dejen de roncar.

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