Dia 5 – Iruya a la Guille.

El día Iruya fue el único en el que Guille no tuvo que manejar, por eso me pidió si podía ser el quien escribiera la entrada del blog (las fotos también son de él). No pude negarme. Así que acá les dejo fragmentos de una crónica aguda y real de un día de aventuras por una parte del norte mas norte de Argentina.

Iruya a la Guille.

Nos levantamos super temprano, a las 6, lo cual fue especialmente difícil después de lo muertos que habíamos quedado el día anterior.

Después de aprontarnos y de dejar los bolsos en el baúl del auto (por suerte el dueño del hostel se copó y nos permitió dejar el auto en su estacionamiento) partimos a pie para la terminal. Ya teníamos comprados los pasajes de ida desde dos días antes. Los de vuelta nos dijeron que los compráramos al llegar allá.

A la terminal llegamos diez minutos antes de las ocho. Lástima que el micro no fue tan puntual y salió con media hora de retraso. Por supuesto, Diego puteaba por no haber podido dormir más.

Inicialmente el viaje en sí no estuvo tan mal. Si bien el ómnibus estaba bastante desvencijado, a Diego y a mí nos tocó la primera fila, con lo cual pudimos estirar las piernas, que no es poco.

El Micro (foto Guille)
El Micro

A las nueve y cinco llegamos a la terminal de Humahuaca. Había gente que pretendía subir al micro, porque se ve que habían sobrevendido un micro anterior y les habían dicho que tomaran el nuestro. Dado que sólo quedaban dos asientos libres, eso suscitó una pequeña discusión con el chofer. Conclusión: es mejor comprar el pasaje desde Tilcara. Este episodio, al cual no le dimos demasiada importancia, resultaría revelador.

Mientras esperábamos que el micro siguiera camino, subió una mujer vendiendo hojas de coca, y tuvimos que comprarle para probar.

Nueve y veinte retomamos viaje. Diez menos cinco, abandonamos la ruta nueve y entramos a un camino de tierra, no tan malo pero sinuoso. Estamos a 3400m de altura. A las diez arribamos a Iturbe. Es la última parada y nos quedan dos horas de viaje, anuncia el chofer, y nos sugiere que pasemos al baño de la terminal, en el cual te cobran una tarifa de cincuenta centavos (tarifa plana, eso sí, tanto para nro. uno como para nro. dos da igual).

A partir de ahí el camino se vuelve muy dificultoso. Atravesamos un río sin puente. El GPS dice: “Only 4×4 ahead”. Llama la atención que hay bastante verde comparado con la Quebrada.
Pasamos un pequeño poblado y ahora sí el camino se vuelve extremadamente irregular, ya que directamente transitamos por el cauce de eso que acá llaman río, atravesando una y otra vez el hilo de agua que va serpenteando por el mismo. Llaman la atención corrales hechos de piedra y casas de adobe y techo de paja.

Once de la mañana. Parada inesperada en el medio de la nada. El chofer apaga el motor y sin decir palabra se baja. Luego sube y sin encender el motor corre el micro marcha atrás unos metros. Aparece el chofer del micro que venía atrás. Abren el motor. Estamos a 25km de Iruya. Las pibas que venían tranquilas empiezan a hacer comentarios pelo-piiiiiiiiiiiii-dos. Ahora soy yo el que las quiere matar. El micro de atrás se va.

El percance
El percance

Diego empieza a coquear y le convida a una niña que le pide y a Mechi, quien acepta diciendo “Sólo si hace que este momento pase más rápido”. La expresión de asco de Mechi me convence de que debo probar la coca en té. A todo esto consiguen hacer arrancar el motor y la gente aplaude. Luego de estar parados veinticinco minutos, retomamos viaje.

Una menos veinticinco. Llegamos al límite entre Salta y Jujuy. Son 4000m de altura. El punto más alto de la travesía. Paramos cinco minutos a sacar fotos. Mucho viento y mucho frío.

A partir de ahí empezamos el descenso por un camino de cornisa que te quita el aliento, pero con espectaculares vistas del valle completamente verde abajo.

Después descendimos hasta el río Colanzulí. Una garganta impresionante excavada en la piedra. El camino siguió después bordeando el río hasta atravesarlo – por supuesto sin puente – un km antes de llegar a la ciudad. Desde allí pudimos apreciar la postal típica de Iruya, con la iglesia con una cupulita azul, rodeada de casas, enclavada entre las montañas.

Increíblemente la ultima parte del trayecto (unos 300m) la hicimos marcha atrás Supongo que porque en la “terminal” no había forma de que un micro diera la vuelta. Por fin, arribamos pasada la una.

Al llegar lo primero que hizo Diego fue ir corriendo a la boletería al lado de la iglesia a sacar pasaje de vuelta. No había. El hecho de que el micro se quedara y nos pasara el que venia atrás nos jugó en contra.

A Diego le pasaron el dato de que averiguara en un hostal por transportes alternativos. Cuando llegó, resultó ser que las pibas molestas le habían ganado de mano. Había otro grupo de chicas más copadas que estaban en la misma, y Diego intercambió números de celulares con ellas, digamos que para compartir información.

Mientras esperábamos que Diego averiguara, parados en la puerta de un hostal, del lado de afuera, con Mechi sentimos que alguien nos tira cosas desde arriba. Observamos y vemos que es ¡Una paloma! Que con el pico está sacando pedacitos de techo de la casa, y nos lo arroja directo hacia nosotros. Una prueba más de que las palomas se complotan en contra nuestro, aún la de lugares distantes.

Las chicas le pasaron el dato a Diego de unas camionetas que hacían viajes, frente al kiosco punto com. Cuando llegamos al lugar la chica del kiosco nos dijo que la gente de las camionetas se había ido a un entierro, y que volviéramos a la tres.

Finalmente un matrimonio que venia con nosotros en el micro se comunico con una de las chicas, que a su vez nos avisaron que había conseguido una camioneta.

Nos cobraban trescientos pesos, y eramos nueve, así que íbamos derecho a la caja, pero de todas formas mejor que pasar la noche en el pueblo. Así es que le pagamos a Dionisio, que así se llamaba el hombre, y habiendo acordado como hora de partida las tres -porque Dionisio tenia miedo de que lloviera- partimos, por fin, a hacer un poco de turismo.

Como para ese entonces ya era la una y media no teníamos demasiado tiempo para recorrer. Primero compramos una docena de -como no podía ser de otra manera- empanadas y una gaseosa, ya que estábamos famélicos, y comiendo mientras caminábamos dimos unas vueltas.

El pueblo en si es muy pero muy chico, así que pese al escaso tiempo recorrimos mas o menos todo. Sí es sumamente pintoresco. Las calles son de empedrado, todas con una pendiente importante. Las casas bien al estilo norteño, y por el efecto del terreno, parecen apilarse unas sobre las otras.

Calle Iruya
Calle Iruya

En la entrada del pueblo hay una especie de explanada, frente la cual esta la iglesia, que es prácticamente la única construcción distintiva del pueblo. La escuela, el hospital y el municipio se confunden con las demás casas. A poca cuadras hay una plaza con juegos infantiles.

La Iglesia
La Iglesia

Frente a la iglesia, dentro de la cual no se puede sacar fotos, se congregan muchos veinteañeros con mochilas, que evidentemente es el target turístico del pueblo.

Gente En La Explanada
Gente En La Explanada

Nos dio el tiempo para subir al mirador, que es un punto alto con una cruz donde se aprecia bien la garganta que contiene al pueblo. Iruya es, realmente, un pueblo entre medio de las montañas.

Luego de bajar del mirador ya no teníamos tiempo para nada, porque se nos iba la camioneta, así que nos dirigimos al punto pactado. Dionisio sacó su camioneta roja de su garage, y nos trepamos a ella. Nos acomodamos así: adelante con Dionisio, la mujer que consiguió la camioneta y una de las chicas; en la caja, tres chicas mas, el marido de la mujer que consiguió la camioneta, Mechi, Diego y yo.

Listos Para Partir
Listos Para Partir

Demás esta decir que la caja era extremadamente incomoda, ya que íbamos sentados sobre la chapa, y no había nada mullido como para aliviar el traqueteo. Ademas el sol del mediodía caía a plomo, con lo que nos estábamos cocinando.

Sin embargo, por otro lado, el paisaje lo pudimos apreciar de una manera increíble. Al mirar hacia arriba, desde abajo de la garganta, se podían ver formaciones rocosas impresionantes, que no habíamos podido apreciar desde el micro.

A medida que ascendíamos, el camino se hacia mas escarpado, y el traqueteo cada vez mas molesto. También la temperatura descendía. Cruzamos el punto de los cuatro mil metros a las cuatro de la tarde. En ese momento Diego no tuvo la mejor idea que ponerse a preparar unos mates. Con el traqueteo y las curvas violentas, volcaba yerba y agua a mas no poder. Aun así logro cebar algo. Luego a Mechi también se le antojo. El problema era que yo estaba entre ellos dos. Con todo el movimiento de la camioneta yo ya me veía con quemaduras de segundo grado, pero no, el mate paso… aunque estaba tan corto que a Mechi le dio para medio sorbo nada mas.

A medida que continuamos descendiendo, hacia mas y mas frío. Sucedía que del otro lado se veía claramente como a lo lejos caía lluvia. Ya nos veíamos debajo del chaparrón. Alguien sugirió que con tanta tierra, mas la lluvia, mas tantas mujeres en la caja, daba para lucha en el lodo .

Por suerte la lluvia fue solo una amenaza, porque logramos esquivarla a lo largo del viaje. lo que no esquivamos fue el frío, que se hacia mas y mas intenso. Finalmente tuve que recurrir al buzo que había puesto en la mochila, el cual suponía que no iba a usar en todas las vacaciones.

A las cinco menos cuarto pasamos por Iturbe. Para ese entonces con Diego nos veníamos parando en la caja para desentumecernos, de tanto tener las piernas dobladas. La contra era que el frío allá arriba era mucho mas intenso.

Cuando llegamos al asfalto de la ruta nueve , todos aplaudimos espontáneamente, pensando en el descanso que iban a tener nuestras pompis. Y si bien el zangoloteo paró, la velocidad aumentó y el viento en la cara pegaba muy fuerte y molestaba mucho,salvo a Mechi,que iba acurrucadita detrás de la cabina, que la protegía del viento.

Dionisio Y Pasajeros Sanos Y salvos en Humahuaca
Dionisio Y Pasajeros Sanos Y salvos en Humahuaca

Una vez llegados a Humahuaca, a eso de las cinco y veinte , y luego del intercambio de rigor de direcciones de email con las chicas de la caja, buscamos un taxi, que no fue difícil de conseguir, y por una tarifa de sesenta mangos nos embarcamos a Tilcara.

Al llegar al hostel, calentamos agua para el mate, agarramos el auto, y partimos hacia Purmamarca.

Una vez allí nos instalamos en el hostal El Cardón, que ya teníamos reservado de la noche anterior. Nos costo 180 una noche por una habitación triple. Mechi se dio el gusto de pagar, ya que logro conseguir por fin un cajero. El hostal estaba bastante bien puesto, como en general nos pareció todo el pueblo, comparado con Tilcara.
Después de un baño reparador, gracias a la super ducha del hotel, colocada mas alta que lo común (lo cual para mi es lo mas) partimos para cenar. Lo hicimos en un restaurant llamado la posta, frente a la plaza. Comimos tamales de entrada, locro (espectacular) y flan con dulce de postre. Con el vino pagamos 50 por persona.

Después de eso nos fuimos al hotel a dormir para tratar de reponer nuestros cuerpos cansados, doloridos y quemados por el sol… y así terminó un largo y agotador día.

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