Dia 6 – Purmamarca y Salina Grande

El mejor desayuno fue, sin dudarlo, en Purmamarca: Una jarra completa de jugo de naranja para los tres, café con leche, dulce de leche, mermeladas, queso untable y muchas tostadas.

Salimos a pasear por el pueblo que es mucho mas “moderno” que Tilcara, no me atrevo a decir que sea mas turístico, pero me dio la sensación de que todos los arreglos y modernidades que se encontraban en el pueblo estaban dedicadas al turista. Lo que es innegable es la belleza del paisaje. Solo caminar por las calles del pueblo es increíble.

Plaza de Purmamarca y feria. Me encanta que los cerros se vean de todos lados.
Plaza de Purmamarca y feria. Me encanta que los cerros se vean de todos lados.

Después de hacer algunas compras de rigor en el feria de artesanos que esta armada al rededor de la plaza principal, nos encaminamos para el mirador del cerro de los 7 colores, que resultó ser otro cerro ubicado en frente.

Calle que nos lleva al mirador
Calle que nos lleva al mirador

Mientras sacamos fotos al cerro colorido al costado observamos un caminito que nos dio mucha curiosidad y no nos pudimos contener, allá fuimos, a ver que se veía del otro lado.

En el centro de la foto, diminutos, estamos Diego y yo. (Foto de Guille)
En el centro de la foto, diminutos, estamos Diego y yo. (Foto de Guille)

A esta altura del viaje, ya nos sentíamos mas cómodos caminando por cornisas, el paisaje valía la pena cada derrapada.

Gingi en el mirador
Gingi en el mirador

Después de pasear por Purmamarca, nos despedimos y seguimos camino. Por un camino perfectamente asfaltado nos dirigíamos a la Salina grande. Hay que tomar por la ruta 52 donde los últimos Km conforman la cuesta de Lipan -que nos sorprendío con sus curvas y su belleza- hasta llegar a el Abra de Potrerillos que es donde se encuentra la salina. El camino es en subida constante y serpenteante.

Haber hecho el viaje en auto nos permitió apreciar el paisaje de otra manera, con otra tranquilidad. Estaba fascinada con las rutas jujenias: los recorridos que llevábamos haciendo eran tan hermosos como los destino a los que nos dirigíamos.

Ya casi llegábamos ...
Ya casi llegábamos …

Como suelen decir: todo lo que sube, en algún momento tiene que bajar. Empezamos a descender, hasta que al fin empezamos a ver la salina. Fue como si alguien hubiera pintado la tierra de blanco. La salina es -en definitiva- una extensión inmensa de tierra cubierta de sal. Que, antiguamente, había sido un lago pero al estar en un clima desértico se fue evaporando a lo largo de los siglos y sólo quedaron los minerales.

La ruta, las montañas, el cielo y las nubes generan un efecto visual increíble. Se ve de lejos la extensión de tierra blanca, y parece que está cerca y al mismo tiempo no se llega nunca. De pronto: ¡zaz! La ruta esta rodeada de blanco. Como si uno atravesara un portal a un mundo de sal.

Fue muy impresionante, cuando Guille decidió meterse con el auto en la salina, juro que pensé que se iba a quebrar y que nos hundiríamos en un mar de sal… obviamente nada de eso ocurrió

Gingi posando en la Salina Grande
Gingi posando en la Salina Grande

La salina era uno de los puntos a visitar con el que estaba completamente encaprichada y por suerte no me decepcionó. El efecto lumínico de las 12.000 hectáreas de sal y el cielo celeste con el sol radiante, hacían imposible estar sin anteojos de sol. Estar en la Salina fue un hito en el viaje, no podía dejar de pensar en lo caprichosa que era la naturaleza en ese lugar y lo afortunada que era en estar ahí contemplándolo.

De estos huecos extrajeron sal del suelo. Entiendo que uno puede remojar los pies y refrescarse... nosotros no lo hicimos por que no sabíamos si podíamos... de hecho aun no lo se...
La sal se extrae de la reserva de agua salada bajo tierra, que al evaporarse deja una capa blanca muy dura de sal. Se extraen minerales como el cloruro de sodio, bórax y potasio… por ahí escuche que uno podía mojarse los pies… pero temí sacarme las medias y que apareciera alguien a retarme, ademas no vi a nadie haciéndolo…

Si bien la Salina es un lugar para obtener fotos únicas jugando con las nubes, las distancias y dimensiones  -que este lugar desobedecen todas las reglas conocidas- nosotros estábamos tan absortos caminado en círculos y tratando de entender donde estábamos, que jugamos poco. Ademas habíamos llegado casi al mediodía (mala idea) y sentíamos que nos estaban cocinando a la sal.

La salina y el ojo de pez
La salina y el ojo de pez

Con la sal que se extrae, también se fabrican unos ladrillos, con los que se confeccionan todo tipo de artesanías. Desde sillas hasta pequeños adornos.

Me lamenté un poco estar tan poco tiempo, pero el calor y el hecho de que los anteojos oscuros ya no estaban cumpliendo su función, prácticamente nos echó del lugar.

Había sido un día mucho mas tranquilo en comparación con los días maratónicos que veníamos teniendo. Cuando llegamos a Salta me costaba asimilar que habíamos partido de la Quebrada de Humahuaca, sin ir mas lejos, hacía algunas horas habíamos estado paseando por la Salina. Tilcara me deslumbro con sus callecitas, con la tranquilidad y la amabilidad de la gente, y jamas olvidaré el cielo estrellado y el silencio absoluto de las noches Tilcareñas. Volver a  la ciudad fue extraño, sentía como si hubiera transcurrido toda una vida en Tilcara.

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