El monstruo de hierro

La veía borrosa por el tsunami de lagrimas que me golpeó de sorpresa. Nadie me avisó que esa pila de hierro pudelado tuviera efecto lacrimógeno. 

Estar frente a la Torre Eiffel me revolvió la cabeza. En el último año el deseo de conocerla se había transformado en una necesidad casi visceral y al mismo tiempo, al fin estar ahí, pasó a ser de lo más trivial. Tenia una extraña sensación de inconformidad. Había llegado a la Torre esperando vaya a saber uno qué y resulta que el mundo siguió girando totalmente indiferente ante mi emoción. Me sentía satisfecha por haber alcanzado el objetivo e insignificante ante la desfachatez de la torre que pavoneaba su fama de ser la mas visitada en el mundo.

Ya me había causado mucho emoción verla antes de llegar a la estación Bir-Hakeim de la linea 6. La veía que aparecía y desaparecía entre los edificios, como si me estuviera esquivando. Era como un espejismo en medio de la ciudad que se desvanecía y aparecía entre los edificios a la velocidad del metro.

Lo mismo me pasó cuando comencé a caminar con la masa de turistas en dirección a la Torre. Cuando la vi por primera vez entre los arboles fue, sin duda, otro cachetazo turístico. Ahí estaba ella imponente, desplegando sus escandalosos 300 metros de altura sobre mi cabeza.

En ningún momento perdió el efecto sorpresa. Si dejaba de mirarla para observar los alrededores, cuando se me volvía a cruzar era como verla por primera vez cada vez. Era insoportable pero fascinante. La odié y la amé al mismo tiempo.

Leí y escuché que Francia genera opiniones apasionadas. No me quedaron dudas de ello. París es soberbia, glamorosa, irritante y tremendamente seductora. Me dejé llevar y me limite a disfrutar de todas estas sensaciones contradictorias.

Esa tarde no subí a la Torre, me quería ahorrar la entrada para poder subir algún día al atardecer. Ademas estaba demasiado ansiosa por seguir recorriendo París. El monstruo de hierro no se iba a mover de ahí y sabia que no seria la última vez que la vería.

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Cuando finalmente pude salir de su campo gravitacional, caminé mirando al cielo en dirección a lo que me llamara la atención y así fue como llegué al Museo de Armas (Les Invalides) atravesé el edificio y seguí en dirección al Puente Alexander III, desde el que saqué una de las fotos mas hermosas que tengo de la Torre, pero antes me quedé a disfrutar de un grupo de percusión al aire libre en los parques que rodean la Avenida Du General Galland. Caminé hasta la Place de la Concorde y atravesé El Jardin des Tuileries para cruzar el Arco del Carrusel y contemplar la insolente pirámide de cristal del Museo del Louvre. Sin querer crucé Le Pont des Arts -donde los enamorados sellan su amor con un candado y tiran la llave al rio- y después de admirar a los famosos Bouquiniste a orillas del Sena llegué a Notre Dame.

Desde Notre-Dame me fui al hostel sin escalas. Necesitaba descansar, el Lunes iba a ser un día especialmente largo.



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