Travesía al salar de Uyuni: Dia 1 – cuando las palabras recuperan su sentido.

El primer día -siempre y cuando se haga el tour desde San Pedro de Atacama- es sin duda el mas duro y mucho mas si una tormenta de viento y arena te persigue. Cada vez que bajábamos de la 4×4 -especialmente en la laguna Blanca y la Verde- para fotografiar el paisaje era casi imposible mantenerse en pie. En el desierto de San Salvador Dalí, ni siquiera nos bajamos. Los geysers Sol de Mañana eran humo sobre el suelo y en la laguna Colorada la tormenta de arena estaba furiosa, al punto de no poder ver a la persona que tenía a un metro de distancia.

Los gaysers fueron una decepción, el viento era tan potente que era imposible mantener quieta la cámara delante de la cara, en lugar de ver las fumarolas veíamos humo disperso sobre el suelo y tampoco podíamos acercarnos demasiado por peligro a caer en un gayser. Ante ese panorama, mencionar el frío que sentimos a 4800 msnm me parece insignificante.

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Geysers Sol de Mañana

Para ese momento era oficial: Noe estaba apunada. Se sentía mal de la panza, durmió prácticamente todo el viaje al refugio. Una vez allá se fue directo a la cama, se acomodó y se durmió. El resto de nosotros almorzamos -le pedimos a Ivan que nos consiga bolsas de dormir-. Al rato, nos vino a buscar para ir a la laguna Colorada. Noe se quedó en la cama. Fuera del comedor, llamó mi atención un charco de agua.

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Laguna Blanca.

En la laguna Colorada tuvimos el primer susto: estábamos al borde de un precipicio cuando el viento y la arena empezaron a levantarse dirigiéndose con toda su furia sobre nosotros. Ante esa situación nos buscábamos para agarrarnos y hacer mas peso entre todos juntos, temíamos que el viento consiguiera levantarnos y soltarnos metros mas abajo. No tuvimos mas remedio que meternos a la 4×4 y volver al refugio.

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Laguna colorada. Poco pudimos ver del por qué su nombre, los puntitos blancos, con flamencos y el “humo” que se ve es viento con tierra/arena… de todos modos en ningún momento nos desanimamos.

Ya eran las cinco de la tarde, nos esperaron con té. Obviamente tomamos té de coca, necesitábamos entrar en calor. A mi me estaba atacando un dolor de cabeza espantoso y lo adjudiqué a la altura. A la falta de aire ya me había acostumbrado, era cuestión de caminar y moverse despacio para poder compensarlo. Gracias a Marga y Sergi que nos convidaron hojas de coca le preparé un té a Noe. El guía intentó conseguir Pupusa, un yuyo con el que también se prepara té y que dicen es mas efectivo que la coca. Pero nos quedamos con las ganas -no bolsas de dormir hasta el momento, no Pupusa-, tuvimos que arreglarnos con la provisión de hojas de coca salvadora de los catalanes.

El frio que sentíamos era insoportable y a medida que se acercaba la noche experimenté – como nunca en mi vida- una desesperación completamente irracional. Creo que nuestro instinto animal despierta en los momentos mas extremos: sabia que sin sol el frío iba a ser mucho peor y mi cuerpo temía experimentarlo. Ninguno razonamiento que hiciera podía contrarrestar el instinto de supervivencia que se veía amenazado por la proximidad de la noche gélida en medio del desierto. Nos dijeron que esa noche sólo pasamos 10°C bajo cero, pero a las 18 hs el charquito de agua en la entrada del comedor era hielo sólido. Estoy convencida que pasamos muchos mas grados debajo del cero.

Nos trajeron la cena, sopa de verduras de entrada: exquisita y caliente. Le llevé un poco a Noe hasta la habitación. El plato principal fue una lasagna de atún (o eso creíamos que era: atún) Yo decidí casi no cenar, durante las ultimas horas el frío y la altura me tenían al limite y no quería comer nada demasiado pesado por temor a que me cayera mal y sinceramente, tampoco tenia hambre. Con los chicos nos llamaba la atención como el resto de las mesas -otros grupos de familias turísticas como nosotros- tomaban vino y cerveza como si fuera agua. Además parecían ajenos a la temperatura que estábamos experimentando -vi a un oriental en ojotas-.

La habitación tenia temperatura de frigorífico. Todo lo que tocaba estaba helado. Desde la agencia nos habían dicho que podríamos alquilar bolsas de dormir en el refugio, pero eso nunca ocurrió -vale aclarar que en folletos y en la página dice que uno tiene que llevar su bolsa-. Nunca supimos si fue una desinteligencia de la agencia desde Chile o del Operador de Bolivia. La cuestión fue que tuvimos que arreglarnos con la cama (que por suerte era muy cómoda) con una sabana y dos mantas -cuando abrí la cama y toqué las sabanas la idea de acostarme ahí me desesperaba, estaba helada- fue una noche larga y congelada. Se que todos la pasamos mal de distintas manera, yo particularmente estuve varias horas en las que no podía dejar de temblar y verdaderamente temí que mi cuerpo no pudiera compensar la falta de temperatura. Tuve miedo y en esa situación se me cruzaron por la cabeza las cosas mas disparatadas y desesperadas. En primer lugar no podía creer que nos dejaran así de desprotegidos, me sentí abandonada. Y al mismo tiempo pensar en eso hizo que me calmara y encontrara la manera de entrar en calor, me saque una capa de ropa (por que se imaginan que me fui a dormir con todo, absolutamente todo, lo que había llevado), puse la campera de polar sobre el colchón y me acosté encima; me metí completamente debajo de las mantas y de esa manera, respirando lento y profundamente conseguí que de a poco se fuera calentando la cama. ¡Eso si! Si asomaba la nariz ¡se me congelaba!. Una vez que conseguí dejar de temblar pude dormir algunas horas. Estaba agotada… de sentir frío.

A la mañana siguiente salir de la cama (que ya estaba calentita) fue muy difícil, por que la temperatura de la habitación seguía siendo de frigorífico. Ir al baño a lavarse la cara fue una tortura y bajarse las 3 capas de pantalones para hacer pis, ni les cuento. Pero habíamos sobrevivido y sobre semejante proeza ante condiciones tan extremas hablamos todo el desayuno -una especie de pankcakes con dulce de leche y mucho te de coca-. Nos sorprendió descubrir que todos -en algún punto de la noche- habíamos pensado los mismos disparates. Noe estaba renovada, fue un alivio.

Nunca en mi vida había experimentado tanto frío y después de esa noche les puedo asegurar que mi relación con las bajas temperaturas cambió radicalmente. La próxima vez que diga “tengo frío” verdaderamente voy a pensar en lo que “tener frío” significa y sin duda voy a recordar esa primera noche en el refugio de Wayllajara a 4700 msnm, en invierno, en el departamento de Potosí de Bolivia.



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