Travesía al salar de Uyuni: Dia 2 – Cuando no se sabe si el tiempo se hizo eterno o si, simplemente, se detuvo.

Despertar sintiendo el frío tajante que sólo se experimenta en el desierto de altura no fue uno de mis mejores amaneceres. Saber que pronto entraríamos en la 4×4 con calefacción era un alivio. Desayuné de manera voraz -la noche anterior casi no había cenado- pero sin apurarme, tal vez ese fue el primer indicio de que ese día el tiempo iba a transcurrir de manera extraña.

Partimos directo al desierto de Siloli. Voy a recordar ese 24 de Julio como uno de los días mas largo de mi vida. Jamas me imaginé que -en un poco menos de 24 horas- podría recorrer tanto camino y al mismo tiempo tener la sensación de que nada había ocurrido.

La visita al Desierto de Siloli fue fría y poco ventosa (casi a 5000 m.s.n.m.). Mi cuerpo no podía entrar en calor, me desesperaba, ya no quería sentir mas frío pero no había manera de que eso fuera a dejar de ocurrir. En la parada obligada del desierto, donde se encuentran unas formaciones rocosas producto de la erosión eólica y el amontonamiento de cambios climatológicos a lo largo de los años, tuve que volver a la camioneta antes que el resto del grupo por que no soportaba el frío y necesitaba preservar al grupo de mi “chinchudez”.

El Árbol de Piedra
El Árbol de Piedra

Mi humor estaba mutando peligrosamente, momento ideal para invocar el poder de introspección que se me otorga cada vez que cruzo la cordillera de los Andes. Mientras mi angelito y mi demonio debatían sobre ciertos existencialismos, seguimos camino atravesando paisajes infinitos de arena y rocas hasta llegar a la entrada de la Reserva Nacional de la Fauna Andina Eduardo Avaroa. Tal vez fue la inmensidad del paisaje -donde el todo y la nada dejan de ser opuestos y se convierten en sinónimos- lo que me llevó a pensar en la fragilidad de nuestra existencia. Haber experimentado el miedo frío de la noche anterior me sensibilizó de una manera inesperada y recorrer la vastedad del desierto me hizo sentir desesperadamente sola.

Cómo no tenia sentido permitir que mi monologo interior me pusiera en un estado de introspección tan profundo, en algunos momentos conseguía enfocarme en mi objetivo principal: disfrutar de la aventura. Aunque tampoco estaba muy conforme: me sentía desanimada y algo frustrada -no era mi mejor día- . El paisaje -de una belleza extraordinaria- mutaba lentamente a medida que avanzábamos, pero no sentía estar contemplando nada extraordinariamente conmovedor. La compañía de los chicos era -sin embargo- lo único que justificaba semejante viaje, a esta altura de la travesía el grupo ya se había consolidado al punto de sentir que veníamos compartiendo viaje hacía meses.

A medida que nos acercábamos a las lagunas altiplanicas (o laguna de los colores), la temperatura fue haciéndose cada vez mas agradable. No estaba para musculosa, pero al menos no hacían falta la bufanda y los guantes.

La primera laguna que visitamos fue la laguna Honda donde tanta tensión empezaba a aflojar. Desde el comienzo de la travesía, al fin estaba contemplando un paisaje que me atravesó por completo -y no me equivoco si digo que los seis estábamos extasiados-. Los flamencos en el centro de la laguna semi-congelada y el silencio ensordecedor consiguieron que nos olvidáramos del frío.

Laguna Honda
Laguna Honda (Foto Noe)

 

Laguna Hedionada
Laguna Hedionda

Seguimos recorriendo las laguna Chearcota, laguna hedionda y laguna Cañapa. Para después, almorzar al costado del camino rodeados de vizcachas curiosas y con muy buen olfato.

Recién había transcurrido la mitad del día, y aun teníamos muchísimo huella por recorrer. Nos metimos en el Salar de Chiguana donde la temperatura subió considerablemente. El camino era inexistente pero infinito. Ivan nos explicó como se guiaban por las formas de las montañas para no perderse y los peligros que significaba recorrer esa zona sin conocerla. Jamas podré determinar cómo ni cuando el desierto y el salar nos engulleron. En algún momento atravesamos un portar a un universo donde el tiempo no transcurre, donde el tiempo no existe y donde no hay mas que tierra, sal y sol. No pude resistirlo y en algún lugar en medio de ese salar sin edad, el sueño me venció.

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Hicimos una parada técnica en el pueblo autóctono de San Juan del Rosario -por que increíblemente aun no habíamos llegado a destino- para seguir unos cuantos kilómetros más hasta llegar a Puerto Chuvica. Ivan ya nos había alertado, desde temprano, que sería un día muy largo dentro de la 4×4. No teníamos noción de la hora y el sol no ayudaba. La tierra estaba estática, vivíamos una eternidad de día. Afortunadamente, como siempre ocurre, la micro-siesta atravesando parte del Salar de Chiguana, había disipado y acomodado gran parte de mis sin-sentidos. Estaba ansiosa por conocer el Hostal de Sal y la ilusión de que quizás pudiera darme una ducha con agua caliente me llenaba de emoción.

Las expectativas no fueron en vano. El hostal de sal era fascinante: el piso era una gran alfombra de sal gruesa, los ladrillos eran de sal, las mesas y las sillas, absolutamente todo era de sal. Fue glorioso confirmar la posibilidad de que podríamos ducharnos. Micke e Iris no lo dudaron. Con Noe lo meditamos. La idea de desnudarse con ese frío desmotivaba al mas valiente, pero las ganas de ducharse fueron mas fuertes. Por una módica suma (creo que fueron 20 bolivianos) nos dimos el gusto de darnos una ducha bajo la mas estricta vigilancia: un señor muy anciano se quedaba en la puerta del baño vigilando que una vez que abríamos la canilla, el agua sólo corriera durante cinco minutos.

Pasillos del Hostal de Sal
Pasillos del Hostal de Sal

Entrar en el hostel de sal, fue salir del portal que nos había llevado a una tierra sin tiempo. Los minutos comenzaron a transcurrir a su ritmo normal. Incluso el sol, que parecía que jamas volvería a ponerse, desistió y comenzó a desaparecer permitiendo a la luna y las estrellas invadir el cielo.

Durante la cena, nuevamente nos trajeron sopa de entrada. La mas rica que tomé en mi vida. Cuando la chica que nos traía la comida vino a levantar los platos le pregunte por la receta. Diez minutos después se apareció el cocinero en nuestra mesa. Lo felicitamos, el hombre era muy tímido y tuve la impresión de que no estaba muy cómodo presentándose. Cuando le pregunté cómo preparaba tan exquisito caldo, su cara fue de asombro, como si le hubiera preguntado de que color era el cielo, claramente para el era una obviedad, de la misma manera que cuando me dijo “todas las verduras” y yo le insistí: “¿qué verduras?”. Con lo cual la explicación de la receta fue: “todas las verduras a hervir con un poco de caldo de sobrecito y listo” eso fue el máximo detalle que conseguí.

La sobremesa fue increíble: Noe nos dio una clase magistral de Origami, las conversaciones de los temas mas variados no faltaron, incluso se dio la charla con otros pasajeros, algunos de los cueles ya conocíamos del hostel de San Pedro -y si! veníamos en caravana-.

 

Clase de Origami!
Clase de Origami!

El día terminaba y con el mi temor a la eternidad invariable. El frío -la maldita constante de la travesía- no era de muerte como la noche anterior y me permitió dormir un poco mas y mejor. Muy temprano a la mañana -al fin- nos íbamos a ver el amanecer en el salar de Uyuni.



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