Color Nieve

La nieve inspira por alegría o por angustia. Cuantas personas habrá cuyas vidas y relatos estén marcados al compás de las nevadas; y sin embargo, en este intento de contar mi encuentro con la nieve en Bariloche y el Bolsón en algún momento del 2008, me doy cuenta que no se me cae ni una idea. Tal vez hoy no sea el día o tal vez el poder sugestivo de los cristales de hielo de forma geométrica con características fractales agrupados en copos, no me generaron nada digno de recordar. No lo se.

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Arriba, en el cerro Catedral. Reconociendo a la nieve

Pero quiero insistir. No puede ser que nada pueda decir de ese encuentro, que para muchos ocurre a los 17 con los compañeros de 5to año, a mi me ocurrió a los 26 en un viaje medio improvisado. Algo se me debería ocurrir ¿no?

Empecemos por el principio, la visita al cerro Catedral. Me acuerdo que cuando nos adelantábamos a la fila de egresados de algún colegio para poder subir a la aerosilla, lo hacía con paso apurado -lo mas apurado que el pantalón impermeable, las botas de nieve y la nieve misma me permitían- cuando de pronto me hundí hasta la cintura. Me tuvieron que venir a sacar, levante los brazos y me empece a reír a carcajadas. Me sacaron de las axilas como si fueran a hacerle upa a una nena chiquita.

La visita al Piltriquitron, en el Bolsón, tambien fue épica. Recuerdo que me sorprendió que el día fuera tan monocromaticamente gris y helado. Me emocioné con la subida al Piltri, quería ver el pueblo desde la montaña que lo custodia pero en su lugar vi la inmensa nube gris que se había robado los colores del Bolsón. El clima amenazaba con una nevada pero eso no nos impidió seguir subiendo. Cuando vi un lugar con nieve bien blanca y mullida me tentó la idea de hacer un angelito. Era al costado de la huella que seguíamos, mas como un cajón, la capa de nieve que había a los costados era tan alta que me llegaba a las rodillas, pude sentarme en la nieve como si fuera una silla, me fui acomodando para atrás caminando con la cola y en cuanto mis pies estuvieron completamente sobre la silla de nieve, me recosté y empece a armar el angelito. Abría y cerraba brazos y piernas; me reía sin parar. Mas adelante había un bosquesito y comenzamos una guerra de bolas de nieve entre los arboles. Terminamos comiendo pizza al calor de una salamandra en el refugio de montaña. Me hice amiga de un gato naranja y a la vuelta hice un tramo en culipatin.

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Me encantan los carteles motivadores en medio de la montaña.

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O Tal vez podría contarles cuando visitamos algunos lugares donde la capa de nieve mínima se combinaba con barro y lo decepcionada que me sentí. Así se descubrió una verdad sabida pero negada y la nieve blanca e inmaculada se transformó en algo que podía ser sucio, mojado… y que molestaba. ¡Ay no!¿Pero qué estaba pensando? Hasta ese momento me negué a reconocerlo, pero la nieve, en general, molestaba; y aceptar sus contras destruía esa imagen idílica de niños jugando, de navidades blancas y de felicidad invernal. Si nevaba mucho era una lluvia blanda y terminaba empapada; si la nieve conseguía vencer las barreras impermeables terminaba empapada; si apenas la rozaba, terminaba empapada. Siempre terminaba empapada. Era evidente ¿no? y en realidad esa fue la sorpresa: jamas había reflexionado sobre la capacidad “empapativa” de la nieve. Esa era solo una pata de la revelación, la otra era aun mas incuestionable: para que la nieve exista tiene que hacer muchísimo frío.

Los días en el Bolsón habían sido como meterse en una película blanco y negro. Qué el horizonte solo se distinguía por las laderas no nevadas de las montañas y los cerros. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la atmósfera nubosa en la que nos sumergíamos cada vez que salíamos a la calle. Al frío le hacíamos frente preparando comidas guisadas con carne y verduras. El humito que salía de la cacerola era tan reconfortante que hasta los vidrios de la cocina lloraban de alegría. La primera noche preparamos unas verduras con carne a la cacerola, no hacia falta soplar cada bocado, lo comíamos caliente como venia. Un día decidimos hacer un paseo en remis al Parque de los Alerces que compartimos con dos alemanas y la merienda épica que tomamos en Trevelin con tortas para todos los golosos: de frutos rojos, chocolate, ricota, frutales, galesa; y quesos, scones, mermeladas, manteca y mucho te en tasa y tetera de porcelana. 

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Realmente no estoy muy segura como contar que me pasó cuando conocí la nieve y estoy empezando a creer que eso fue lo menos relevante de aquel viaje. Creo que lo mas importante fue todo lo que nos reímos a pesar del clima hostil que no nos daba tregua y cómo, aun hoy al recordar ese invierno, me sigo riendo sin saber muy bien porqué.



1 thought on “Color Nieve”

  • Hola! Mi nombre es Candela y me gustaria ponerme en contacto con vos por mail, será posible? Te dejo mis datos gracias!

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